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La seducción del autoritarismo y el peligro del método Bukele

El éxito momentáneo de Bukele consiste en presentarse como la única alternativa al caos de la violencia cotidiana.


Nayib Bukele reeleccion

El presidente de El Salvador, Nayib Bukele, está por concluir su mandato constitucional. Pero, siguiendo la tendencia global de los líderes autoritarios, ha logrado controlar los tres poderes del Estado con el fin de mantenerse en el cargo a través de la búsqueda de una reelección presidencial que está explícitamente prohibida en la Constitución salvadoreña. Lo curioso, pero también obvio, es que el 70 % de la población aprueba la reelección —según la encuesta más reciente de la UCA—, a pesar de que es ilegal y de que representa descender un peldaño más hacia la consolidación de un régimen autoritario que restringe libertades civiles, limita la libertad de expresión, persigue a los periodistas y viola sistemáticamente los derechos humanos. 

Es una obviedad el apoyo de las masas a un líder que representa el retorno del autoritarismo porque en la mayoría de los países de la región centroamericana, como es el caso de El Salvador, los procesos democráticos no fueron acompañados de planes para resolver necesidades urgentes de las poblaciones, como la pobreza y la inseguridad pública. Además, quienes estuvieron a cargo de esos procesos democráticos, ya sea de derecha o de izquierda, cometieron abundantes actos de corrupción que provocaron el hartazgo y resentimiento de la ciudadanía, que esperaba mejorar sus condiciones de vida después de superar dictaduras militares y conflictos armados internos del siglo pasado.

Así las cosas, cualquier líder con rasgos populistas que desafía a los políticos corruptos tiene una aceptación inmediata y una oportunidad para gobernar, como ocurrió con Bukele. Luego, puede mantener esa aceptación si controla los poderes del Estado para perseguir a los corruptos del pasado y encubrir a sus propios corruptos —como cuando expulsó la Comisión Internacional Contra la Impunidad (CICIES) que tenía 12 de casos de corrupción en su gobierno—. Y finalmente, logrará que la población desee reelegirlo después de bajar el índice de homicidios y desarticular a las pandillas, aunque para conseguirlo tenga que recurrir a medidas que afecten a inocentes y que provoquen graves violaciones a derechos humanos. Eso, en esencia, es el “método Bukele”. 

Ese método es el que las poblaciones centroamericanas quieren importar a sus países. Seducidas por sentir un poco de seguridad en sus barrios y que los corruptos sean perseguidos, los ciudadanos de la región desean un líder autoritario que ponga orden en sus naciones, sin importar el costo.

El peligro radica en que el costo es volver a la senda del autoritarismo, donde probablemente se logre desarticular a las pandillas, pero la violencia seguirá presente en los territorios donde los militares y policías cometen violaciones a derechos humanos. El peligro es que, bajo el autoritarismo, sólo se cambie de verdugo. 

Cualquier líder con rasgos populistas que desafía a los políticos corruptos tiene una aceptación inmediata y una oportunidad para gobernar

La situación, de todas formas, es compleja. Por un lado nos enfrentamos al peligro de ser seducidos por el autoritarismo y, por el otro, no se ven incentivos para seguir por el camino de los procesos democráticos.

El problema con los procesos democráticos es que siempre serán débiles cuando no vayan acompañados de estrategias para calmar el hambre y resolver la inseguridad de los ciudadanos. Mientras que el autoritarismo siempre será seductor cuando resuelva, al menos, la inseguridad e impresione con luces en monumentos, espectáculos internacionales como Miss Universo o juegos olímpicos, una biblioteca enorme y otros distractores que quitan la mirada de las violaciones a los derechos humanos cometidas por los brazos armados del Estado.

El éxito momentáneo de Bukele consiste en presentarse como la única alternativa al caos de la violencia cotidiana. Mientras la población no vea una alternativa, se construyen poco a poco los cimientos de una posible dictadura, algo que siempre empieza por cambiar la Constitución a capricho para que el mandatario se reelija cada vez que quiera. Centroamérica tiene ya un máster en ese tipo de procesos.

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