9 mins 55 secs Compartir

María Olave: “La migración con niños, niñas y adolescentes vino para quedarse, pero eliminar el trabajo infantil es una meta ambiciosa, no una utopía”.


ENTREVISTA

Ilustración de portada: Leo Pacas.

Javier Sancho Más | Otras Miradas

Se calcula que en el mundo trabajan actualmente 160 millones de niños. Más de 8 millones lo hacen en América Latina y el Caribe. Hay datos que apuntan a que gran parte de los niños, niñas y adolescentes migrantes ya estaban en situación o en riesgo de trabajo infantil en sus países de origen. 

María Olave, es colombiana y coordinadora de Migración Laboral y Movilidad Humana de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) para los Países Andinos. Tanto ella, como su colega Noor Denkers, de la OIT en Centroamérica, a quien también hemos consultado en este especial de Otras Miradas, apuestan por avanzar hacia metas ambiciosas como la de eliminación del trabajo infantil en América Latina, en 2025. Este objetivo haría de la región la primera en conseguirlo, en el mundo en desarrollo. Todo ello pese al retroceso impuesto por la pandemia.

Según el último informe de la OIT, la crisis de la COVID-19 amenaza con seguir erosionando los avances mundiales en la lucha contra el trabajo infantil a menos que se adopten medidas urgentes de mitigación. Los nuevos análisis indican que habrá un incremento de 8,9 millones de niñas, niños y adolescentes en situación de trabajo infantil a finales de 2022, como consecuencia de la creciente pobreza impulsada por la pandemia. La migración de menores de edad no acompañadas, así como la de núcleos familiares al completo se suma a este panorama que desafía a los estados, a la comunidad internacional y a la sociedad en su conjunto. Hablamos de los pequeños.

María Olave. Coordinadora de Migración Laboral y Movilidad Humana de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) para los Países Andinos.

¿Se puede confirmar que el incremento de menores de edad caracteriza a los nuevos flujos migratorios?

Yo diría que las personas menores de edad y las familias al completo. Los flujos son ciertamente complejos con particularidades nuevas, como por ejemplo que países como México se conviertan ya en destino y no solo en tránsito. Además, hay flujos mixtos y con nuevas nacionalidades que atraviesan el continente, como los afganos recientemente, o africanos y de países de nuestra región, como Venezuela y Haití. 

¿Cuál ha sido la evolución de la migración venezolana y, en particular, de las niñas, niños y adolescentes?

Por el año 2015, aproximadamente, solían ser personas que migraban solas, y la mayoría varones. Cuando se agrava la situación, se unieron también cada vez más mujeres a esos flujos, primero como acompañantes y luego solas. Por entonces, todavía muchos niños, niñas y adolescentes se quedaban en Venezuela. Pero, desde antes y durante la covid-19, se empezaron a ver flujos de familias al completo, más vulnerables y que, además hacían el tránsito por tierra. Los niños siempre han estado involucrados, aunque de manera diferente. Primero, como beneficiarios de las remesas que enviaban sus padres y madres. Después, se unieron al desplazamiento, con las familias y hasta solos, lo que sin duda aumenta la vulnerabilidad. 

¿Se tienen datos fiables sobre la niñez migrante que procede de Venezuela?

El subregistro es enorme. Las cifras pueden ser una trampa. Ya es difícil saber sobre las personas adultas. En muchos casos, se encuentran en situación irregular, lo que hace muy difícil el monitoreo. Algunas fuentes, como la Plataforma interagencial R4V, calculan en más de 6 millones los migrantes y refugiados venezolanos en el mundo. Casi 5 millones están en los países de América Latina y el Caribe. 1 de cada 4 son menores, según estas fuentes. 

¿Qué implica para los países esta nueva característica de la migración en familia?

Lo primero es entender que la migración y el desplazamiento es un hecho que ya no puede detenerse. La gente que se desplaza con sus familias no siempre se va a regresar a sus países. Ya quiere y busca arraigarse de manera más permanente en los países a los que llegan. Ante esto hecho, se observan varias tendencias: una, la de la protección de fronteras, otra, la de la contención y otra, la integración. Esta última es posible con un trabajo paralelo de mejora de los servicios públicos, ya de por sí deficitarios en muchos países de la región, lo cual redunda además en beneficio de la población de acogida. 

¿La niñez migrante es sinónimo de trabajo infantil en América Latina?

El trabajo infantil suele ser consecuencia del trabajo informal de los cabezas de familia. Los países de la región, y en especial los del sur, no estaban preparados para estos nuevos movimientos migratorios repentinos y masivos, y en algunos casos ya tenían altos índices de trabajo infantil. Por ejemplo, el segundo país que ha recibido a más población venezolana es Perú, que en Sudamérica es uno de los que registra altos índices de trabajo infantil (se llega a estimar que uno de cada cuatro niños pueden estar en esa situación). Y también hemos sabido, por encuestas realizadas en centros de recepción en Honduras y Guatemala de niños, niñas y adolescentes retornados desde Estados Unidos y México, a través de los testimonios de las personas encargadas, que muchos de ellos ya trabajaban en sus países de origen, antes de migrar. 

Sin embargo, América Latina y el Caribe se ha propuesto eliminar el trabajo infantil para 2025. Sería la primera región del mundo en cumplir con el objetivo 8.7 de los ODS. ¿No se trata de una meta demasiada utópica?

Ambiciosa. Prefiero decir que es ambiciosa. Ese objetivo se diseñó en el marco de la Iniciativa Regional de Trabajo Infantil, con base en estadísticas de 2013. Por entonces, veíamos grandes evidencias de que íbamos progresando mucho en la región. Sin embargo, en un informe posterior se observó un empeoramiento que hizo que muchos de los países que se sumaran a la iniciativa (son 30) y se comprometieran a trabajar más duramente y a mejorar esas estadísticas, liderados por ejemplo por Colombia, Costa Rica, Brasil o Argentina que, en su momento, contaban con altos índices de trabajo infantil, pero que registraron importantes avances en su reducción. Desgraciadamente, con la pandemia, creemos que la situación ha empeorado. Pero sabemos que los países cuentan con instrumentos para seguir apostando por esa meta que insisto en llamar ambiciosa. ¡Cómo no vamos a ser ambiciosas a la hora de hablar de los niños y niñas! Son nuestros niños y niñas. No podemos conformarnos.

¿La pandemia aumenta el riesgo de trabajo infantil?

La migración irregular, en el contexto de la pandemia, se ha incrementado y con ello la vulnerabilidad, en particular la informalidad de las y los trabajadores, padres y madres, que es un condicionante del trabajo infantil. Además, gran parte de las escuelas están cerradas, con lo que la situación se complica. Todo ello afecta tanto a familias de migrantes en situación irregular como a las de los países de acogida. 

La escolarización debería ayudar a la integración y eliminación del trabajo infantil, ¿no es así?

Sin duda, aunque también puede ser lo contrario si no se trabaja bien con toda la comunidad educativa y la sociedad. De no ser así, vemos casos de rechazo y bullying hacia niñas, niños y adolescentes de familias migrantes, con lo que la escuela se convierte en un factor de exclusión, desgraciadamente. La educación social para los países receptores es un asunto clave. Ten en cuenta que hablamos de lugares no acostumbrados a recibir grandes flujos de población de otros países. 

¿Pueden hacer más los países? ¿Lo intentan?

Los países están haciendo mucho con los recursos que tienen. Como te decía antes, la mayoría de ellos no estaba preparado. Por ejemplo, en Costa Rica, pasaron de cifras de personas solicitantes de asilo y refugiados que apenas superaban las 5,000 a las actuales que sobrepasan los 140,000. No hay capacidad real para resolver los trámites con la celeridad que se necesita. Aún así se está respondiendo con iniciativas interesantes. En Chile, se hicieron esfuerzos para formar a los funcionarios en la atención a la población haitiana, por ejemplo. En Colombia, se han desarrollado medidas para flexibilizar los requisitos de escolaridad de los niños, además del estatuto temporal de protección para los procedentes de Venezuela que puede abrir la ventana del acceso al empleo y a servicios como educación y salud a más de un millón de personas. Igualmente, para facilitar el acceso al empleo de muchos profesionales venezolanos en Colombia, se está flexibilizando temporalmente el requisito de la apostilla oficial de títulos, un impedimento para muchas personas que tuvieron que salir de su país sin poder realizarlo. Creo sinceramente que Colombia fue de los primeros países en darse cuenta de que este nuevo escenario está aquí para quedarse y que se puede aprovechar la relación entre migración, desarrollo y crecimiento económico, pero que se requiere avanzar en facilitar los procesos de regularización.

¿Qué recomendaciones se hacen desde la OIT para avanzar en la eliminación del trabajo infantil relacionado con la migración?

Uno: los datos. Se necesitan datos. Los países los tienen sobre el trabajo infantil, pero no se dispone de una forma periódica, fiable y suficiente de datos sobre migración y desplazamiento. No solo para saber el número de niños, sino para comprender la dimensión del problema. Disponer de datos de fuentes oficiales es fundamental. Los países tienen experiencia en medición de todo tipo de datos, por eso necesitamos información oficial y regular en el caso de la migración, para empezar a buscar soluciones concertadas entre los países y tener un diálogo más certero. 

Dos: la respuesta interagencial. Tenemos agencias de la ONU líderes en respuesta en migración y refugio. Es el primer círculo de respuesta de emergencia. En el segundo círculo de la respuesta, el de la integración socioeconómica y del desarrollo, no estamos tan integrados. Debemos fortalecer la respuesta integral de las diferentes agencias de la ONU a este fenómeno de la migración que es tan variopinto y complejo. Creemos que ONU tiene un valor agregado enorme en esa respuesta. 

Tres: la movilización social. Territorios, barrios y comunidades de acogida. Hay que construir el entendimiento del “nosotros” con las personas migrantes y refugiadas. Estamos todavía en la etapa de la percepción del “ellos son los otros”. De esa percepción, los primeros que sufren son los niños. Se necesita reforzar la comunicación, a través de redes sociales, incluso de influencers, el trabajo coordinado con las ONG, las escuelas, así como otros centros que prestan servicios públicos. Esto último requiere una mayor atención y compromiso de los gobiernos tanto a nivel nacional como local (donde se asientan las personas migrantes) pues cuando actúan de manera coordinada pueden realmente hacer la diferencia. 

Esta entrevista es parte del especial “Los niños del viaje en América Latina” impulsado por la alianza Otras Miradas, Proyecto Migración Venezuela de Revista Semana, Desinformémonos, Semanario Universidad y Agencia Ocote.

Más historias de este especial

Relacionados